Por qué la objetividad en terapia es el mayor mito de la psicología

Por qué la objetividad en terapia es el mayor mito de la psicología
Durante décadas, la cultura popular y cierta ortodoxia académica han dibujado al terapeuta como un bloque de hielo: un observador impasible, gélido y “objetivo” que escucha desde una distancia sideral. Se nos ha vendido la idea de que, al cruzar la puerta del consultorio, el profesional tiene la capacidad de apretar un “botón de apagado” emocional.
Pero seamos honestos: ese “terapeuta de hielo” no es un estándar de excelencia, sino un mecanismo de defensa. Esa supuesta neutralidad suele ser un muro que protege más al profesional que al paciente. Basándonos en las reflexiones de Marcelo R. Ceberio, hoy vamos a desmitificar esa figura para entender que las “resonancias” y la subjetividad no son errores del sistema, sino la esencia misma del encuentro terapéutico.
La objetividad pura en la psicología es, sencillamente, una utopía. Epistemológicamente, es una falacia creer que podemos observar un fenómeno humano sin alterarlo. Como terapeutas, estamos siempre “doblemente introducidos” en el campo:
Por un lado, desde una óptica cibernética, nuestra sola presencia ya pauta y condiciona la conducta del paciente. Por otro, desde una lente cognitiva, entramos a la sesión cargando nuestro propio sistema de creencias, escala de valores, códigos familiares y modelos teóricos. No vemos la realidad “tal cual es”; trazamos distinciones basadas en quiénes somos.
Inspirado en José Bleger, debemos aceptar que somos “observadores participantes”. En las ciencias del hombre, la máxima objetividad no se logra ignorando la subjetividad, sino incorporando al observador como una variable más del campo. El “summum de la objetividad” es reconocer que solo poseemos un mapa de la relación, no el territorio.
A menudo se malinterpreta la “disociación instrumental” como una desconexión emocional. Si la entendiéramos como un simple aislamiento del afecto, estaríamos ante un mecanismo de defensa obsesivo, una rigidez que esteriliza el vínculo.
La verdadera disociación instrumental es una danza. Es la capacidad de vivir las emociones que la relación genera, pero manteniendo un pie fuera para observar el proceso. No es dejar de sentir; es sentir con un propósito clínico. Como bien lo definió Bleger:
La primera condición del encuadre se refiere al psicólogo mismo, quien debe cumplir con lo que llamaremos la actitud clínica, que consiste en el manejo de un cierto grado de disociación instrumental que le permita, por un lado, identificarse con los sucesos o personas, pero que, por otro lado, le posibilite mantener con ellos una cierta distancia que haga que no se vea personalmente implicado en los sucesos que deben ser estudiados y que su rol específico no sea abandonado. (J. Bleger, 1991).
Es hora de abandonar la visión lineal de la “contratransferencia”. Autores como Enrique Pichon Rivière consideran que este término es, en muchos sentidos, inadecuado por su tinte reactivo. Él prefiere hablar de transferencia recíproca. En la terapia, no hay un estímulo y una respuesta; hay una circularidad sinérgica donde es imposible determinar quién “empezó” a sentir qué.
El “todo transferencial” es un juego de espejos que incluye:
- El contexto: El espacio de consulta y la realidad social que rodea a ambos.
- Las historias: Los relatos que el paciente trae y cómo estos golpean la biografía del terapeuta.
- Lo analógico: Gestos, posturas y tonos de voz que se influyen mutuamente.
- Los ciclos evolutivos: El momento vital que atraviesan tanto el consultante como el profesional.
¿Quién nació primero, el huevo o la gallina? En esta danza, buscar el origen es menos útil que reconocer que ambos estamos inmersos en el mismo sistema.
Mony Elkaim introdujo el concepto de “Resonancia” para describir cómo las historias de los pacientes detonan voces internas en el terapeuta. A veces, la escena que relata un paciente se superpone con la nuestra como el negativo de una fotografía.
Esto nos obliga a una pregunta incómoda y vital: “Esto que digo, ¿a quién se lo digo?”. Muchas veces, esa intervención brillante, esa prescripción o esa provocación que le lanzamos al paciente es, en realidad, algo que nosotros mismos necesitamos escuchar. La terapia no es un servicio unidireccional; es un proceso de crecimiento dual donde el profesional, si es honesto, se permite vibrar con la historia del otro para sanar también partes de la propia.
En la práctica clínica, el terapeuta suele oscilar entre tres posiciones:
- Impotencia: El profesional se vuelve excesivamente vulnerable, complaciente o hiperprotector. Se crea una dependencia extrema que impide el cambio.
- Omnipotencia: Es la defensa cognitiva por excelencia. El terapeuta se cree autoinmune, un “semidiós” gélido y perfecto. Esta distancia defensiva aniquila la humanidad del vínculo.
- Potencia: Es el equilibrio saludable. No es poder sobre el paciente, sino una autoestima que reconoce los propios límites y la propia humanidad. El terapeuta “potente” sabe hasta dónde puede llegar y no teme reconocer su propia vulnerabilidad.
Aceptar que somos sujetos históricos y emocionales no es una debilidad; es una responsabilidad ética. Por eso, el trabajo con el Self del terapeuta, la terapia personal y la supervisión, es innegociable. La supervisión es el espacio donde las resonancias dejan de ser ruidos molestos para convertirse en herramientas técnicas.
La curación no ocurre a través de una técnica gélida ejecutada por una máquina, sino a través de un vínculo humano, consciente y, sobre todo, honesto.
Para cerrar, te lanzo una pregunta: Si estuvieras atravesando el dolor más profundo de tu vida, ¿preferirías sentarte frente a un terapeuta “perfecto y objetivo” que actúa como un procesador de datos, o frente a un ser humano consciente de que su propia historia que también vibra con la tuya?
Fuente: Ceberio (2002) “Confesiones de las resonancias de un terapeuta”. Revista Perspectivas sistémicas, año 14, Nº 70.