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Y aquí vamos de nuevo!

Y aquí vamos de nuevo!

Es probable que más de una vez hayamos escuchado de expediciones a la cima del Everest. Este desafío involucra además de gran motivación y compromiso una importante preparación. Escalar hasta la cima más alta del mundo requiere no solo de entrenamiento, sino también, de la consideración de factores que serán esenciales al momento del ascenso.

Se dice que l@s alpinistas en general escogen el mes de mayo para el ascenso por las condiciones climáticas que favorecerían el viaje. No es recomendable subir si existen probabilidades de lluvia, ni corrientes de viento que amenacen con deslizamientos de tierra o temperaturas que puedan hacer complejo o riesgosa esta travesía. Sin embargo, pese a todas las precauciones, la vida en general se encarga de mostrarnos que hay sucesos que no están bajo nuestro control. 

Son conocidas las historias de montañistas que han tenido que regresar sin hacer cumbre, otros que no han logrado salir del campamento base o incluso en situaciones más extremas, personas que no han podido regresar. Si bien quienes llegan al campamento base y planifican el ascenso han tomado todas las precauciones del caso y se han preparado para ello, una tormenta de nieve o un frente de mal tiempo termina por amenazar completamente con lo planificado. En esos momentos muchos comentan que deciden concentrarse en jugar algún juego de mesa, compartir alguna anécdota, leer, o simplemente compartir un café ¿Suena extraño no? Después de todo lo planificado y el esfuerzo destinado a ese viaje ¿por qué no pensar en las consecuencias que tendría el no poder llegar a la cumbre? ¿Por qué no conectarse con las emociones que ese momento genera?

En este contexto queremos reflexionar acerca de la contingencia que ha venido a desarmar y poner en entredicho todos nuestros planes y proyectos. La pandemia probablemente sea de esos desafíos que han puesto a prueba todas nuestras certezas, nuestros deseos, sueños y nuestra capacidad de lidiar con la incertidumbre.

 Si bien es posible escuchar que muchos dicen sentirse preparados para resistir esta nueva ola de contagios por lo antes vivido, para muchos también este segundo gran episodio ha sido uno que los ha conectado de manera mucho más radical con la desesperanza. Todo lo que pensamos y proyectamos en algún momento, se ha visto nuevamente interferido y tener que volver al confinamiento luego de vivir un par de meses en la sensación de que las cosas mejorarían, no ha sido fácil. Volver a desarmar lo que creíamos estructurado es difícil, agotador y por sobre todo nos conecta nuevamente con aquello que está fuera de nuestro control.  

Y aquí vamos de nuevo! Que complejo volver a estructurar la vida en torno a hábitos y costumbres que hemos aceptado muchas veces desde la obligatoriedad, la conciencia del cuidado, desde la culpa o desde el convencimiento de que es la única manera de terminar con esta crisis. Si bien la vivencia en esta segunda ola puede ser distinta, nos conecta con esta incómoda sensación de que independiente de lo que hagamos siempre la vida nos puede sorprender, así como el clima a los montañistas. 

Entonces, podemos decidir conectarnos con esta incómoda e ineludible sensación de falta de control o escoger de manera consciente y voluntaria centrar nuestra atención en aquellos momentos y experiencias que sí dependen de nosotros. Esto no implica negar la existencia de las inclemencias del tiempo fuera de la carpa, si no, decidir invertir energía psíquica en momentos y experiencias que nos conecten con la posibilidad de seguir eligiendo y siendo dueños de nuestra vida. Una tarde de juegos de mesa, reuniones a distancia con amigos, cocinar, hacer manualidades, leer, pasar más tiempo con la familia u otros, pueden ser una manera de escoger en un momento como este quedarnos con sensaciones y experiencias que sumen bienestar en un contexto donde las circunstancias con probabilidad seguirán estando fuera de nuestro control.

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