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Duelo en Tiempos de Pandemia

Duelo en Tiempos de Pandemia

La Pandemia por Covid-19 ha dibujado un contexto desconocido para la mayor parte de la población mundial. Lo cotidiano, con su habitualidad ha dado paso a una especie de “día a día” en el que escasean las certezas y en cambio la incertidumbre  es la regla. Por otra parte, todos en alguna medida hemos experimentado pérdidas: La vida social, el  trabajo presencial o el trabajo a secas, la vida académica tal como la conocíamos, la libertad para movernos por nuestro entorno, diversas  actividades  recreativas, deportivas, culturales, etc. Y hay quienes además de lo anterior han perdido seres queridos, con el agravante de que en muchos casos, por restricciones de seguridad sanitaria,  no pudieron acompañarlos durante su gravedad e incluso en su despedida.

El coronavirus llegó a Chile en el mes de marzo, trayendo el impacto de múltiples cambios que ya divisábamos en imágenes que nos llegaban desde asia y europa. Veíamos a la distancia como la gente entró en largas cuarentenas para evitar el contagio, dejando atrás el trabajo presencial, las reuniones con amigos, los paseos, los viajes y un sin fin de actividades propias de la “normalidad” que todos asumíamos como “lo natural”.  En un abrir y cerrar de ojos pudimos constatar no sin cierta incredulidad que las imágenes que antes vimos en las noticias ya formaban parte de nuestra nueva realidad, sin duda, muy diferente a todo cuanto estábamos acostumbrados. 

Empezamos a escuchar que quizás los cambios traídos por la pandemia llegaron para quedarse: Distanciamiento social, uso de mascarillas, temor al contagio, teletrabajo, estudiar desde la casa, reuniones sociales online, etc. Iniciamos la cuarentena que nos aisló y cambió insospechadamente la rutina a la que estábamos habituados. La incertidumbre sobre el futuro se instaló en nuestras vidas. Ahora todo ocurría en nuestro hogar: el trabajo, los estudios, el ocio, el ejercicio físico, la vida de pareja, la vida familiar. Nuestra casa se convirtió como nunca en el refugio necesario, pero también  en nuestro confinamiento.  Casi sin darnos cuenta se instaló en nuestras vidas una discontinuidad radical con todo lo conocido, trayendo consigo desorganización, angustia, preocupación, aburrimiento, sentimiento de desamparo, ánimo bajo, etc. Cambiaron nuestras rutinas, tuvimos que ir de a poco generando nuevos hábitos, funcionales a la nueva realidad, dejando atrás un pasado ahora teñido de nostalgia, y así comenzamos a experimentar múltiples duelos por todo aquello que formaba parte de lo que era nuestra “normalidad”.

Capítulo aparte constituyen las vivencias de todos aquellos que han tenido que sufrir la muerte de un ser querido y de otros que como parte de la “primera línea” (personal de salud) les ha tocado la noble y a la vez difícil tarea de haber sido la única compañía en el aislamiento de personas a las que pese a todos sus esfuerzos no pudieron salvar. Muchos familiares y amigos no pudieron despedirse de sus enfermos, algunos ni siquiera pudieron asistir a su velorio y/o funeral, quedando así despojados de nuestra costumbre de ritualizar la partida de nuestros seres queridos.

De este modo el duelo, o mejor dicho, diversos duelos han pasado a formar parte de nuestra cotidianidad. Claramente son tiempos difíciles  que demandan nuestros recursos personales y comunitarios para hacerles frente. Por supuesto que nadie está preparado para que de la noche a la mañana la vida cambie dramáticamente frente a nuestros ojos y por eso para los que trabajamos en salud mental es un tema que requiere toda nuestra atención. 

¿Qué es un duelo? 

Es una reacción natural ante la pérdida de un ser querido, objeto o evento significativo. Es importante destacar que el duelo es un proceso, es decir, requiere tiempo del mismo modo que las heridas físicas para cicatrizar.  Además es personal, en el sentido que cada persona lo vive a su manera y le tomará el tiempo que le sea necesario para elaborarlo y sin duda distintos duelos podemos vivirlos de manera muy diferente. Como cualquier proceso aflictivo, es más llevadero si nos sentimos apoyados y contenidos emocionalmente por nuestro entorno cercano. No es una enfermedad: si bien el duelo suele cursar con sintomatología ansioso-depresiva (angustia, tristeza, abatimiento, sentimiento de vacío interior, frustración, rabia, desánimo, dificultad para concentrarse, etc.)  en general no requiere de tratamiento psiquiátrico o psicológico. No obstante, algunas personas se benefician del acompañamiento de un psicoterapeuta, quien puede brindar contención emocional y facilitar la elaboración del duelo.

Etapas del duelo: Elisabeth Kübler-Ross describió 5 etapas por las que pasan las personas en duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. En la etapa de negación tendemos a hacer como si nada ha pasado, cómo si la pérdida fuera una fantasía indeseable que no tiene relación con la realidad; en la etapa de ira nos enojamos con Dios, con la vida, con los doctores, buscamos a alguien para culpar de la pérdida; en la etapa de negociación, nos enfrascamos en preguntas del tipo ¿qué habría pasado si..hubiese hecho algo distinto, si a mi familiar lo hubieran atendido en otro lugar, si me hubiese dado cuenta antes de su enfermedad o me hubiera tomado más en serio que era de riesgo…? quizás buscando darle vuelta al destino; en la etapa de depresión nos inundamos de tristeza y sensación de vacío, y en la etapa de aceptación, encontramos la calma y resignación  para aceptar la inevitabilidad de la muerte, de la pérdida como parte natural de nuestras vidas.

Es importante aclarar que estas etapas son descripciones de vivencias comunes observadas en personas en proceso de duelo. Cada uno de nosotros puede experimentarlas con mayor o menor nitidez e intensidad y no son necesariamente etapas consecutivas: Pueden experimentarse en distinto orden a lo largo de meses y a veces varias  en pocos días. Por lo general el impacto emocional de un duelo es muy intenso al comienzo, ocupando por completo nuestra mente y luego, poco a poco va cediendo, se va aliviando el dolor dando lugar a una pena más tranquila, comenzamos a conectarnos con una vivencia más matizada incluso con buenos momentos, recuerdos más agradables y un creciente deseo de seguir adelante. No obstante algunas personas pueden inicialmente pasar por una etapa de tranquilidad frente a la pérdida y después de un tiempo conectarse con el dolor y de alguna manera empezar a vivir tardíamente el duelo que había sido involuntariamente postergado.

¿Qué nos ayuda a procesar nuestros duelos? Sin duda, la experiencia personal de haber superado otras pérdidas, haber contado con modelos que nos mostraran entereza y esperanza frente a las adversidades, nuestras creencias y contar con una red de apoyo de familiares y/o amigos (básicamente necesitamos saber que contamos con alguien que nos dé contención emocional, con quien podamos hablar de nuestros dolores, miedos y también de nuestras esperanzas).  También los ritos en torno a la muerte nos  ayudan a darle un sentido a la pérdida, amortiguan nuestro dolor, nos dan apoyo y contención.  

En fin, los duelos son experiencias inevitables de la vida humana que si bien dolorosos nos enseñan a darle valor a nuestra existencia, a apreciar  a las personas y todo cuanto queremos. Los duelos además nos enseñan que cada pérdida trae consigo el nacimiento de algo nuevo que aunque nos parezca extraño al comienzo, pasa a  formar parte de nuestro mundo. El impacto de una pérdida nos puede remecer e incluso tumbar por un tiempo, pero  la historia nos muestra una y otra vez que las personas se ponen de pie porque la vida continúa y porque los duelos son parte de la vida.

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